Las hojas en blanco

Al fin y al cabo, la originalidad no es el motivo de estas líneas (que, de algún modo, intentan ser una elegía); además, el plagio es obligadamente consciente, y si en algo cito el libro de Alberto Giordano que me prestó Hugo, no es desde la conciencia, sino desde el sedimento que ya no es memoria, que ya se integró con las módicas intenciones que, supongo, se me ocurren en el ensayo de unir una y otra lectura salteada. La conciencia aparece en el regressus de J.W. Dunne que Borges glosa con escrúpulos: si uno se sabe a sí mismo, entonces esa conciencia debe escindirse y formar un otro yo, que, a su vez, se escinda en tanto consciente. Estas líneas son, entonces, sobre el regressus, sobre la progresión inversa, sobre el desagregarse, sobre deshacer el camino (o el reverso de una elegía).

En “El sueño de Coleridge”, Borges insiste con las concatenaciones (que en “La esfera de Pascal” van a estar en un mismo plano, en una latitud ilativa) de sueños: Coleridge sueña unos versos inconclusos sobre Kublai Khan y su Xanadú; Kublai Khan soñó la ejecución del castillo, todos somos soñados de un sueño de otro y soñamos a alguien más (claro: como los yoes que se anidan conscientes en la argumentación glosada de J.W. Dunne): “quizá la serie de los sueños no tenga fin, quizá la clave esté en el último”. “La flor de Coleridge” atraviesa la progresión: se sueña con la flor, se despierta con la flor en la mano. En ese texto, Borges comenta dos narraciones sobre viajes en el tiempo. Uno es La máquina del tiempo (del que, escrupulosamente, cita su título en inglés como si no hubiera sido traducida) y el otro es El sentido del pasado de Henry James donde “el nexo entre lo real y lo imaginativo” hace que “la causa sea posterior al efecto”.

La idea de textos que se concatenan no es nueva, y casi sin pensarlo, cuando volví aestos ensayos de Borges, busqué en casa mi edición de Las mil y una noches, esa que leí a los dieciocho años en Villa Giardino, pero di con una de Mercedes con un estudio crítico y algunas imprecisiones gramaticales (“confunden acusativo y dativo, dicen le mató por lo mató”). Hay algo, noto ahora, que vuelvo a los efrit y a la arena, y es que la progresión de relatos, la idea de la postergación (y la promesa) infinitas, deja lo par afuera. De los dos hermanos cornudos, de uno solo sabemos su historia con Sherezade, además de las historias que lo prosiguen. “Se narra para postergar la muerte”, me dijo a mis dieciocho años Rosamaría Pereyra que ahora, me acabo de enterar hace unos días, está muerta (“Para Rosamaría Pereyra, jahrlang ins Ungebisse hinab”, debería haber sido el epígrafe de esta elegía). Eso hace Sherezade, eso hacen los que salvan al mercader que, con sus dátiles, mató al hijo del efrit en el comienzo de las narraciones. De ese segmento, me gustan dos cosas: una, que la literatura es pasible de generar deudas en los lectores (el efrit le debe a los que le relatan cosas un tercio de la sangre del mercader del que quiere vengarse a cada uno; les debe, en definitiva, la cólera de su venganza); la otra, que los relatos se vinculan ya no en progresión, sino casi horizontalmente. Son tres testigos del castigo del mercader que, conmovidos, cuentan sus relatos de metamorfosis, para que el otro no sea muerto. Esa latitud en el vínculo de lo que se narra, esa otra línea que ha quedado suelta (la del hermano del rey) plantea una distinción en la forma de leer, ya no de una linealidad en otra (como el tiempo-río glosado por Borges de Dunne), sino de bifurcaciones.

Debo decir que Rosamaría fue mi profesora de literatura en el secundario, que en esas clases descubrí que en la literatura podía haber un campo para mí, una extensión en la que regodearme; que con ella hice mis primeros intentos en un taller literario; que me regaló alguna vez un libro de Hölderlin en el que en las palabras con las me lo dedicaba hablaba, premonitoria, de la locura; que me hizo entender la relación entre Las mil y una noches y “Elsur”, en el que Dahlmann narra para postergar la muerte (“sueña para postergar la muerte” sería más propio de Borges); que fuimos amigos; que dejé de verla hace poco más de diez años por una sencilla razón: ya no era ella, ya no quedaba nada de ella por lo que, en mi torpeza clínica, puedo llamar premonitoria locura. También recuerdo que, unos días antes de saber que estaba muerta, arranqué unas hojas en blanco de un cuaderno (que me dio para que guardara) con uno de sus últimos escritos, un proyecto para una novela. Las hojas vacías no tenían ningún valor, no se echaba a perder nada; sin embargo, algo me resultó doloroso y lesivo de arrancarlas por una necesidad baladí.

Vuelvo a Las mil y una noches con ese goce por concatenar que se verifica en la tradición literaria del castellano (intuyo que en Bocaccio y Dante también, como si los árabes del sur de Italia hubieran dejado la misma huella): el infante Don Juan Manuel y Cervantes se sirven de ese procedimiento hasta ocultarlo de tan visible. La paradoja en Macedonio está siempre en acto, se verifica a nivel textual. Un ejemplo podría ser: “Usted no ha leído ni la mitad de lo que aquí está escrito”. La paradoja en Borges es en la conciencia metatextual de lo que se refiere, como en la glosa de escrúpulos de los yoes de Dunne. En esa concatenación de textos, pero también en la ilación extensa, horizontal, como una latitud, que se bifurca como el hermano del rey esposo de Sherezade que sale de la escena, como las relaciones entre textos que me hizo notar Rosamaría hace más de veinte años: allí también el hincapié está en el nexo, en la forma del nexo. No solo en la levedad ramificada del goce, como un Hermes voluptuoso que va de una referencia a la otra, sino en cierta opción política de esa bifurcación constante, continua, concomitante. La opción política es, en todo caso, frente al desmembramiento, la fracción, los pequeños cotos de caza a los que el capitalismo tardío parece pretender reducirnos; como si no bastara que la lucha sea hoy en el propio cuerpo (sé que afirmo con liviandad, pero esto es, en el mejor de los casos, un ensayo (es decir, una tentativa) y en el más lírico, una elegía), entonces la lucha debe confinarse a las partes del cuerpo: reducir, fraccionar, quitar vínculos, circuitos, circulaciones. De eso, claro, se han tratado los últimos tres años en Argentina.

En “La esfera de Pascal”, Borges atraviesa distintas formas de la creencia de una divinidad (o de la naturaleza) postulada como “una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Lejos ya de toda concatenación (ilación, consecución, diégesis) posible, esta esfera (la del texto, claro) solo genera dispersiones, nexos ya casi sin que hagan falta las partes a vincular. Un poco como esa insistencia (que algo de atroz tiene) están estos versos de Hölderlin que pueden también hablar de la muerte: “Doch uns ist gegeben,/ auf keiner Stätte zu ruhn,/ es schwinden, es fallen/ die leidenden Menschen/ blindlings von einer/ Stunde zur andern,/ wie Wasser von Klippe/ zu Klippe geworfen,/ Jahr lang ins Ungewisse hinab” (“Sin embargo a nosotros nos es dado/ descansar en ningún lugar/ se sacuden, se caen/ los hombres que padecen/ ciegos de una/ hora a la otra/ como el agua del acantilado/ hacia el acantilado arrojada/ a través de los años, hacia lo desconocido.”)

Volví a Otras inquisiciones, que he leído salteado, una noche en que habíamos ido a comer con Mercedes a La farola de Olivos. Cuando volvíamos a casa, pasamos por la quinta presidencial, que ahora no tiene ningún muro que la rodea. Pensé en los caprichos imperiales de nuestro déspota, en la fingida transparencia que quiere decir quitar muros. Recordé el texto “La muralla y los libros” que hablaba de otro rey, de otros despotismos. Es un ensayo extraño, inestable en la argumentación, en, precisamente, los nexos (aunque intente forzar una vinculación entre dos hechos independientes, aunque intente darles una causalidad concomitante). (Algo de esto es lo que creo, ahora consciente, le plagio a Giordano.) Comienza investigando la emoción que le produce al Borges ensayista (¿narrador?) el haber tomado conocimiento de que el hombre que quemó libros en la antigua China es el mismo que construyó la famosa muralla. Luego de varios datos enciclopédicos, se abandona la indagación sobre lo que lo había emocionado, y se da paso a las distintas conjeturas que llevaron al emperador a tales actos “descomunales”. La protección y la invención de la historia (esta última, desde ya, cara a Borges); la invención de una dinastía consecutiva. Sobre el final, en un largo párrafo en el que los pasajes, los conectores, se deslizan, termina diciendo “esta inminencia de una revelación que no se produce es, quizás, el hecho estético”.

Tal vez sea cierto que la revelación no se produce (ni tampoco, entonces, el porqué de la emoción del principio del ensayo). Tal vez, para seguir con los argumentos que he intentado trazar aquí, en estas líneas que no dejan de ser una elegía, pueda decir que el hecho estético se produce en establecer los vínculos, los nexos, las relaciones entre textos; abandonar la esfera cuyo centro está en todas partes; unir esas todas partes para trazar la circunferencia (y el centro). Tal vez, entonces, el hecho estético esté también en arrancar las hojas en blanco de un cuaderno para que lo que está escrito tome una dimensión posible, imprecisa, entre todos los otros textos.

San Andrés, noviembre de 2018

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